Introducción

 

 

 

 

Este libro trata del abominable régimen de terror que las fuerzas nacionalistas impusieron, al igual que en el resto de España, al ocupar totalmente Asturias. Es continuación de otro anterior: “Asturias, Octubre del 37: ¡El “Cervera” a la vista!”, en el que se relataba la azarosa huida por mar a Francia de milicianos y civiles al derrumbarse el Frente Norte. El que ahora tiene el lector en sus manos espero que le sea de ayuda para comprender el porqué de la desesperación de aquellos hombres y mujeres que se lanzaban al mar en cualquier cosa que flotase. No huían del vencedor sólo por querer seguir siendo libres. También sabían que lo peor no era la muerte en sí, sino la tortura, el tormento, las mil facetas de una represión brutal, llevada hasta esos límites en que las víctimas suplican a sus verdugos que les maten o, mejor dicho, que les rematen. Cada ser humano tiene un límite para el sufrimiento, traspasado el cual, el afán de vivir se convierte en afán de morir, de aprovechar la primera ocasión para quitarse de enmedio, librarse de todo y de todos, y descansar.

Quizás algún día lleguemos a contar todos los muertos, todos los fusilados, pero lo que nunca podremos medir, lo que nunca sabremos con exactitud serán las magnitudes del sufrimiento y del dolor que tuvieron que padecer todas aquellas pobres gentes... Ni su prolongación en el tiempo, en la vida de los protagonistas directos y en las de sus descendientes.

Lo que el autor pretende es llevar al lector una visión de aquel paisaje trágico. Mas desde el principio le advierte de lo incompleta y parcial de su obra. Incompleta, porque obstáculos de toda índole siguen ahí, sin que hayan podido ser removidos, ocultando parte de la realidad histórica. Y parcial, sí, totalmente parcial, porque este autor está de parte de las víctimas. Entre uno que grita “¡Viva la Libertad!” y otro que ordena “¡Fuego!”, para que los fusiles del pelotón restallen al unísono con su estruendo de muerte... ¡Imparcialidad? ¡Objetividad? Fusilaron a la Libertad una y otra vez para que España entera volviese a llevar las cadenas sin que nadie rechistase ni levantara la vista del suelo.

Ya digo que en este caso no quiero ser imparcial. Pero me considero un hombre libre, y como tal escribo. Tendré errores, pero nunca contaré mentiras, porque me falta el propósito, el interés y la vocación para decir a sabiendas cosas que no sean verdad con el ánimo de engañar.

Soy consciente de que estoy escribiendo en los bordes de tantas lápidas de papel, de tantas penas de muerte conmutadas, de tantas condenas a reclusión perpetua...

Lo que pretendo es contar que hubo una vez, hace muchos años, en que por leer un periódico en vez de otro, por tener un carnet de un sindicato o de un partido, por no ir a misa, por haber dicho esto o lo otro, o por simple capricho, te fusilaban. Te fusilaban o te metían reclusión perpetua o veinte años o quince. A lo mejor tenías suerte y solamente te daban una tunda de palos que te mandaba para el otro barrio. Fue, ya digo, hace muchos años, pero no tantos como para que no queden todavía personas que lo vieron, lo vivieron y lo padecieron. Muchas lo escribieron, algunas me lo contaron. Aconteció en toda España, y también aquí, en Asturias, en Gijón. Son unos miles de nombres, la identidad de unas personas que en esta ciudad fueron perseguidas y sufrieron toda clase de padecimientos.

 

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Las tropas nacionalistas de Franco entraron en Gijón el veintiuno de Octubre de 1937. La represión y la tortura comenzaron ese mismo día. Los falangistas y ultraderechistas que estaban presos o escondidos formaron patrullas y se dedicaron a cazar “rojillos”. La otra represión, la “militar”, se materializaría en la celebración de consejos de guerra sumarísimos de urgencia. El día ocho de Noviembre, a los dieciocho días de la ocupación de Gijón, fueron condenadas por el Tribunal Militar nº 1 las primeras víctimas. Las formas de actuar de la Falange, de los cuerpos policiales y del propio ejército franquista respondían a una misma estrategia militar de eliminación del contrario y pacificación de la retaguardia por el terror.

 

Lo llamaron guerra civil, guerra fratricida. Poco tuvo que ver con todas las guerras civiles que en la historia han sido. Aquí no había partidarios de un rey o de otro, ni defensores de éste o aquel sistema político. No, la “Guerra de España” no fue una guerra contra la República o por la República, sino contra

la clase obrera, contra el poder emergente de los trabajadores y sus aliados y valedores en todos los sectores de la sociedad.

El clericalismo de la iglesia católica española y su secular afán inquisitorial, ese capitalismo subesclavista hispano y unos terratenientes y una nobleza semifeudales no estaban dispuestos, nunca lo estuvieron, a que sus infinitos privilegios, sus inmensos intereses sufrieran la merma que los conceptos de equidad y justicia del siglo XX decretaban.

El ejército contra el pueblo para salvar la patria: ¿qué patria? El ejército español en guerra contra el pueblo español para defender a los poderosos españoles. Como siempre. Un ejército que en los últimos siglos no ha hecho otra cosa que el ridículo cuando tuvo que enfrentarse a las fuerzas armadas de otros países, pero que ha llenado las pecheras de los uniformes de sus generales con medallas y condecoraciones por machacar a sus propios compatriotas. “Guerra de Liberación”, “Cruzada”... Ganaron porque, como dijo el otro, fuerza bruta sí que les sobraba. Querían volver a la España imperial de los Reyes Católicos... Regresamos al hambre, al frío, a los cortes de luz, a las cartillas de racionamiento, al rosario en las escuelas, al estraperlo, al gasógeno... Dejaron el país convertido en un solar. Cárceles abarrotadas y fusilamientos diarios.

 

España y los españoles ni somos ni fuimos una excepción en Europa, ni en el comportamiento político ni en la guerra ni en la crueldad. Tenemos nuestras peculiaridades y nuestras características, consecuencia de un proceso histórico y un desarrollo económico determinado. Lo demás, grandes mentiras que se convierten en tópicos.

La II República no terminó en una guerra a consecuencia de haber “confundido la libertad con el libertinaje”, ni debido a los “egoísmos partidistas” o a la “desintegración de la unidad nacional”; ni tampoco por “el complot internacional del judaísmo, la masonería y el comunismo”, ni por “el espíritu individualista, insolidario, extremista y negativo de los españoles”... Si la II República se extinguió en un matadero bélico fue porque, por segunda vez en cuatro años, unos señores con mando sobre unidades militares se sublevaron contra el gobierno y el parlamento salido de unas elecciones libres. Y no dudaron en llevar al país a un sangriento conflicto que duró tres años. Y a una ocupación militar que duró otros cuarenta. Eso es así de claro.

 Puestos a hablar de guerras y a hacer comparaciones entre República y Monarquía, baste recordar aquí que la monarquía borbónica española en sólo un siglo, el XIX, llevó al país a dos invasiones extranjeras, tres guerras dinásticas, guerras coloniales, otra guerra con los Estados Unidos, perdió un imperio y las últimas colonias, hubo abdicaciones, entronizaciones varias, huidas al extranjero, espadones...; mantuvo al país en el atraso y la pobreza. ¡Y ya se ve la buena prensa de que sigue gozando la institución!, y, encima, adornada ahora con el marchamo de “democrática”, como si se nos hubiera olvidado a quién deben el trono.

 

Los conflictos bélicos del siglo XX han estado mediatizados por la lucha de clase contra clase dentro de cada país. La I Guerra Mundial trajo como consecuencia la desaparición de imperios y la instauración del régimen bolchevique en Rusia. España fue el ensayo y el antecedente de la II Guerra Mundial. Pero... ¿hasta que punto no fue también la II Guerra Mundial sino un cúmulo de “guerras civiles” como la española? ¿Es que acaso no lucharon franceses contra franceses, partidarios de De Gaulle contra partidarios de Petain, la izquierda contra la derecha? ¿No se enfrentaron los yugoslavos de izquierdas contra los yugoslavos partidarios de la monarquía y contra otros yugoslavos partidarios de Hitler y Mussolini? ¿No lucharon griegos contra griegos, chinos contra chinos...? ¿Alguien puede dudar de que en Alemania y en Italia había cientos de miles de personas opuestas a Hitler y Mussolini que fueron llevadas a los campos de exterminio? ¿No era Gramsci italiano? ¿Es o no es una guerra civil sacar al vecino de la puerta de al lado, a cientos de miles, a millones de vecinos, y llevarlos a los campos de concentración y a la cámara de gas, no porque fueran judíos ni, mucho menos, sionistas, sino, simplemente, porque el apellido o tal vez algún rasgo facial delataban algún antecedente judío? ¿Alguien puede negar que esos judíos alemanes se sintiesen alemanes cuando estaban siendo gaseados por otros alemanes? Y digo judíos, pero podría decir comunistas o socialistas o cualquier otra clase de disidentes. No se olvide que Willy Brandt, por poner un ejemplo conocido por todos, era alemán. ¿Dónde estaba Willy Brandt cuando las tropas de Hitler invadían pactadamente Checoslovaquia, o desfilaban ordenadamente por las calles de París? Estaba refugiado en Noruega, luego, en Suecia. Primero, había estado en la España en guerra como corresponsal y militante activo del POUM-SAP (Partido Socialista de los Trabajadores alemanes, hermanado con el POUM español). ¿Eran o no eran también italianos y alemanes los voluntarios que luchaban en las Brigadas Internacionales contra los alemanes de la Legión Cóndor y los italianos del CTV? ¿Eran italianos o no los partisanos que hacían sabotajes en Italia, los que colgaron a Mussolini? Y en similares términos nos podríamos interrogar sobre Checoslovaquia, sobre Ucrania, sobre Austria, sobre Bélgica, sobre Noruega, sobre La India... Y después de 1945, todas las guerras han sido ya “guerras civiles”.

En casi todas partes, el parlamentarismo estaba lo suficientemente desgastado y no bastaba ya para controlar a la clase obrera en una época de grave crisis económica. Por eso surgieron y se hicieron necesarios los gobiernos de los frentes populares. Hubo que llamar a los líderes obreros al gobierno para que sujetasen a los obreros. Eso crea tensiones y contradicciones que aquí no van a ser analizadas, pero sí quiero recordar la famosa frase acuñada por las derechas francesas: “antes Hitler que el Frente Popular”. Ahí se resume todo. Otros, en otros países, la hicieron también suya.

Por contra, eso que se ha dado en llamar “estado del bienestar”, del bienestar elemental, para ser preciso, surge en esta época como alternativa y posible remedio que la “inteligentsia” del capital le ofrece a éste frente al fascismo o la revolución. Y fue la II Guerra Mundial la que terminó dando carta de naturaleza a ese “estado del bienestar”, como compensación al sacrificio de las clases populares y, también, como necesaria concesión ante el ambiente igualitario que, inevitablemente, surge tras una larga movilización general de la población.

 

 

                                                                        

 

 

Que la guerra de España fue una guerra cruel, es algo que está fuera de toda duda: bombardeos y fusilamientos, Guernica y Lorca, Madrid y Badajoz... Pero tampoco creo que los españoles seamos más crueles que ingleses, americanos, rusos, alemanes... Guernica, y Madrid, y Oviedo...¡Guernica! De acuerdo, pero que son todos esos bombardeos comparados con los que después se vieron sobre Londres, sobre Berlín, en las ciudades francesas del Canal de la Mancha, en Stalingrado, en Dresde...¡Hiroshima! ¡Nagasaki! ¿Y Vietnam? ¿Y Bagdad?

Sin embargo, el bombardeo de Guernica levantó una ola de estupor y repulsa en todo el mundo que convirtieron la destrucción de la villa foral en uno de los símbolos de la barbarie humana, en un nombre que permanecerá para siempre ocupando un lugar destacado en el resumen de la historia de la barbarie, que es la de la humanidad. Y esto fue y es así no por las magnitudes de los aviones que intervinieron ni por la superficie arrasada ni por el número de muertos, inferior a los dos centenares; lo que hizo de Guernica un símbolo fue el haber servido de ensayo para la nueva teoría guerrera elaborada por los italianos a finales de los años veinte y puesta en práctica en Abisinia y en España. Lo que pretendían, y querían comprobar en el teatro de operaciones, era si la aviación sería capaz de provocar el colapso y el desmoronamiento de los frentes a base de aterrorizar a la retaguardia mediante bombardeos masivos de ciudades indefensas. A partir de entonces, se acabaron las distinciones, todo era ya frente, y la población civil empezó a sufrir en las guerras más que los soldados de las trincheras.

Y hablando de Guernica y en relación con todo lo anterior quiero aprovechar para decir, para recordar aquí, que, durante la dictadura franquista, la “verdad oficial” de la destrucción de la villa foral responsabilizaba a los batallones de milicianos asturianos en retirada de haberla dinamitado, incendiado y arrasado. Y que yo sepa, nadie ha venido, no ya a indemnizarnos con un polideportivo, sino, siquiera, a pedir disculpas a los asturianos por haber vivido con semejante calumnia histórica encima; a pedir perdón por haber enlodado de esa manera a unos batallones, a unos milicianos, que estaban dando la sangre y la vida por defender la libertad en el País Vasco.

 

(Tengo que abrir un paréntesis: Belgrado, Pristina, Novi Sad, Nis...; todo lo que quedaba de Yugoslavia arrasado por la aviación de los países de la OTAN en nombre del “humanitarismo”... Los gobernantes europeos, los parlamentarios de Estrasburgo, los generales y los periodistas, todos a las órdenes de lo que manden de Washington. Aznar y Solana, en el vergonzoso papel de aspirantes a becarios de la Casa Blanca, han metido a España en una guerra criminal... ¡Nosotros, que de Guernica hicimos un símbolo, hemos ido a parar a las filas de la nueva y apocalíptica “Legión Cóndor” de la OTAN...! Vivir para ver.)

 

Volviendo al tema del libro, tampoco creo que el trato a los prisioneros, los campos de concentración, las cárceles, los fusilamientos, la represión, el terror del estado policiaco, la propaganda...; nada de cuanto de todo eso ocurría en España se diferenciara básicamente de los métodos empleados en Alemania o en Rusia o en otros países de Europa: porque, ¿qué diferencia podría haber entre uno cualquiera de los campos de concentración franceses en los que recluyeron a los republicanos españoles y otro de los franquistas, si no fuera porque del lado de acá de los Pirineos, además, se fusilaba?

Todo esto no debe de sonar a disculpa ni tomarse como un atenuante. Nada de eso. Nada de “mal de muchos, consuelo de tontos”. Lo que trato de decir es que el ser humano puede ser muy cruel, que la historia del hombre es una historia de la crueldad, que, muchas veces, cuanto más inteligente y preparada está una persona más cruel puede llegar a ser con los demás... Lo que pretendo hacer ver es que en aquella época estaba de moda la crueldad hasta llegar a extremos sádicos. Que entre Yagüe haciendo fusilar con fuego cruzado de ametralladora a los miles de prisioneros encerrados en la plaza de toros de Badajoz, o los otros liquidando a los presos en Paracuellos, o el ejército ruso matando a todos los oficiales polacos prisioneros... Pues encuentro que hay una identidad de planteamiento, un mismo exceso de crueldad, un mismo afán de eficacia... No sería yo el que se sorprendiese si algún día alguien demostrara que Mola con sus “instrucciones secretas”, el SIM y Orlov con las suyas, la Gestapo, la NKVD, habían copiado, se habían inspirado en los mismos manuales para aterrorizar a la población. Como si todos ellos hubiesen acudido a la misma “base del canal de Panamá” y se hubiesen doctorado en la misma restringida escuela del terror y la crueldad.

 

Tenemos aquí miles y miles de condenas. Inevitablemente, alguien dirá: “también a mi padre le “pasearon” los rojos”; o: “pues a mi tío le fusilaron en La Franca”; o: “a mi hermano y a mi abuelo les llevaron a fusilar donde está el Sanatorio Marítimo”; y habrá otros que digan que sus familiares más queridos, que sus amigos más apreciados estaban entre los que sacaron de la iglesia San José y fusilaron en el cementerio de Jove; o a los que les dieron cuatro tiros en los depósitos de agua, o en la playa... Y es verdad, tienen razón: penoso, lamentable...¡un baldón! .

 

 

Ya he dicho que las impresiones no suelen impedirme razonar; por eso tengo que decir que no veo la diferencia entre el que viene con un avión y deja caer sus bombas sobre casas y calles matando a todos los que coge por el medio, y los que van a una cárcel, sacan a cien presos y los matan a tiros. Por decirlo de otra manera con dos ejemplos más actuales: no veo la diferencia entre los pilotos que lanzaron el misil que mató a ochocientas personas en un refugio de Bagdad y los terroristas que pusieron la bomba en la embajada americana en Nairobi y mataron a dos centenares y medio de personas.

Pero una revolución se puede, se debe hacer sin cometer asesinatos. En los ataques a cuarteles, ayuntamientos y comisarías, en las luchas desde las barricadas callejeras habrá muertes: no tiene porque haber asesinatos. El revolucionario no puede actuar copiando métodos reaccionarios. Porque se empieza asesinando a un enemigo y se termina en “los procesos de Moscú” y en “el Goulag”. Y no vale engañarse: muchos crímenes cometidos en la zona “roja” serían debidos a reacciones apasionadas de individuos o grupos de individuos movidos por el odio, el rencor, la venganza o los malos instintos, pero la inmensa mayoría o, al menos, una gran parte de los asesinatos se cometieron cumpliendo órdenes, siguiendo directrices, de acuerdo con un plan preestablecido: ¿de quién, por quién? Nadie ha salido a la palestra para decir: “fui yo”, o: “fuimos nosotros”; “creímos que era lo más eficaz”, o: “fue una decisión por votación”, o: “estábamos equivocados, fue un error”; lo que sea.  Lo que no se puede creer, lo que no es racionalmente admisible, es que unos dirigentes de partidos y sindicatos, que unos miembros de unos comités de guerra, que unos gestores municipales que estaban dirigiendo una guerra no se enterasen de lo que se planeaba hacer con los presos, no tuviesen noticia de que les estaban subiendo en camiones para llevarlos a fusilar y no pudiesen disponer de cincuenta milicianos armados para impedir el crimen. ¡Pero si no había más de cinco minutos caminando de donde ellos estaban al lugar donde empezaba a desarrollarse el drama! Y luego, aquella otra modalidad de tirar la piedra y esconder la mano, aquel dar un papelín con el nombre y la dirección para que fueran unos desconocidos de otro pueblo los que vinieran a buscar a su casa a la víctima, que era el vecino, y fueran esos mismos desconocidos los que se encargasen de darle cuatro tiros en la cuneta de cualquier carretera. O de dinamitar una iglesia.

Quizás algún día aparezca un cuadernillo, otros folios mecanografiados, con estas otras “instrucciones secretas” y sepamos la verdad. Porque la “justicia popular” no puede ser, no tiene que ser el equivalente a “cheka” y muerte.

 

Por propia naturaleza, no soporto el fanatismo. No puedo ver a esa gente de un fanatismo político tal, mezcla de apasionamiento futbolero y fe religiosa, que todo lo disculpan con un “por algo habrá sido”, con un “los nuestros siempre tienen razón” y para los que “el partido nunca se equivoca”. Es como una esquizofrenia: si lo hacemos nosotros, está bien; si lo hacen los otros, está mal: ¡si está mal, estará mal para todos! Vamos, digo yo.

Tampoco soy un nostálgico de la II República, sino, más bien, un propugnador de la tercera, sin ninguna clase de complejos, que en Francia van por la quinta y más restauraciones lleva la monarquía española. Ahora bien, hay algunas cosas que son innegables: La II República suprimió la pena de muerte y no se fusiló a nadie por la insurrección de Sanjurjo. No se me olvida lo de “Casas Viejas”, pero por la Revolución de Octubre del 34 y en pleno bienio derechista, aparte la represión “irregular”, solamente se llegaron a ejecutar dos penas de muerte: la del “Pichilatu” y la del sargento Vázquez.

De los generales sublevados en el 36, baste decir que eran los amigos y aliados del régimen hitleriano, y que después de llegar al poder con una guerra civil, se fueron, se marcharon del poder y de este mundo ordenando más fusilamientos, en Septiembre de 1975, y dejando por las calles y en los atrios de las iglesias un reguero de sangre de manifestantes muertos. ¿Qué no habrían hecho y visto en su juventud en el Rif para someter a las cábilas sublevadas, para “pacificar” aquellas aldeas marroquíes?