Prólogo

 

 

 

Cuando escribimos, mi amigo Emile Témime y yo, nuestro libro sobre “La Revolución y la Guerra de España”, no buscábamos ni el éxito, ni la notoriedad. Queríamos presentar una interpretación coherente de ese momento de la historia humana que tan profundamente marcó nuestra consciencia de niños: diez años teníamos los dos en 1936.

Unas fuentes históricas de por aquí y por allá: numerosas obras del bando nacionalista, de una rara mediocridad en su aplastante mayoría. Del otro lado, memorias o alegatos que a nosotros nos resultaban casi imposibles de conseguir por estar editados en Argentina o en Méjico, testigos esparcidos por todos los rincones del planeta, restos de colecciones de periódicos, sin archivos accesibles, salvo los de los vencidos en la Segunda Guerra Mundial, y el drama óptico que hacía ver “la Guerra de España” a la luz del otro sin haber, verdadera y seriamente, reflexionado sobre lo que fue esa guerra.

Fue algo que ocurrió por sí mismo, a favor de la gran sombra que el conflicto mundial proyectó sobre la minúscula península ibérica, pero también bajo el impulso de las políticas que tenían interés en la confusión y hacían de España una especie de prólogo de la Gran Tragedia. Eso era un contrasentido terrible, porque nosotros, en varias ocasiones, después, en nuestros diferentes trabajos, habíamos alcanzado a tocar con el dedo otra realidad virtual, una diferencia de carácter entre las dos guerras que hacía que una victoria del bando “republicano”, o sea, de “la revolución”, en España habría sonado a funeral para los agresores históricos del Eje.

¿Quién puede decir que mi sueño de una debacle completa del régimen del Duce después de la desbandada de sus desgraciados “voluntarios involuntarios” en Guadalajara era imposible? ¿Los adoradores de los hechos consumados, quizás? Pero ésos no tienen sitio en un debate de ideas y, normalmente, se conforman con representar el papel de alguaciles.

Diré aquí, una vez más, lo decepcionado que quedé cuando se abrieron los archivos españoles sobre la Guerra Civil y, más tarde, los de la Internacional comunista en Moscú, del poco celo que han puesto los historiadores neo-oficiales en adueñarse de estas nuevas fuentes y hacer con todos los medios apropiados lo que nosotros, Témime y yo, habíamos intentado, en la penuria y la pobreza, veinte años antes.

Esperábamos tesis y monografías, un trabajo en profundidad en las fuentes, la documentación de los archivos, la prensa, los testimonios de los protagonistas que aspiraban a atestiguar con todas sus fuerzas. Después de los dos volúmenes sobre Navarra en 1936, el magnífico trabajo de Francisco Moreno Gómez sobre Córdoba durante la guerra civil, después de la odisea del “Cervera”, esperaba una cincuentena de obras de ese tipo, de esa dimensión, de esa riqueza, que viniesen a auxiliar a quien supiera ahondar más profundamente.

En lugar de eso, tuvimos algunas polémicas políticas que intentaban meter a España en el marco del pensamiento histórico único, llamado “de izquierda”; que trataban de hacer de Francisco Largo Caballero un hurgón mediocre; de Juan Negrín, un aristócrata, aventurero de los tiempos modernos de visión penetrante, y de la Pasionaria, una pura heroína.

He aceptado prologar la obra que sigue a continuación antes de haberla leído. Debo declarar, francamente, mi sorpresa. El autor ha sobrepasado lo que yo llamaría “mis exigencias” en materia de investigación sobre la guerra de España y es casi una edición de fuentes lo que constituye este trabajo; una invitación a los estudiantes para que trabajen esta materia prima estudiando bajo todos los ángulos y con todos los útiles de los que disponen en este siglo de la informática.

Mi lector se impacienta: ¿cuándo voy a hablar de ello? Ahora, precisamente. Es necesario resituar el trabajo que me ha enviado Marcelino Laruelo Roa en el marco de esta larga historia, de una historia para apreciar todo su interés y valor.

El autor comienza por advertir lealmente al lector de “su condición de papelista”. Explica el significado del término “papelista” con un humor que le ganará la simpatía confraternal de los investigadores auténticos:

“Un papelista es una persona que se dedica a guardar papeles de dudoso valor que, luego, cuando los necesita, nunca encuentra.”

En la ocurrencia de todo ello, los primeros papeles indispensables son los periódicos porque señalan el camino del investigador al indicar las condenas, por qué, por qué tribunal, y dan a veces los nombres.

Pero a continuación, había que ponerse manos a la obra con los documentos oficiales, los archivos, y los archivos de la represión para un Estado como el Estado español, son difíciles de entreabrir. MLR lo consiguió. «El Archivo, nos dice, se encontraba depositado en Oviedo: en él estaban todos los sumarios y todas las sentencias de la jurisdicción militar (desde Octubre a los “maquis”).»

El acceso a los archivos civiles, en este caso, los libros de defunciones, no fue menos difícil, pero MLR lo logró. Desde entonces, disponía ya de los principales elementos de su trabajo, que ha iluminado con el de Enriqueta Ortega Valcárcel, titulado “La represión franquista en Asturias”. Podía comparar, es decir, verificar y controlar sus documentos, que es lo que ha hecho.

¿Pero, qué es lo que iba a hacer? ¿Un grueso libro de historia cuantitativa, bien armado y muy a la moda? No es ése su género, ni fue ésa su elección. Lo explica honestamente:

“Quizás algún día lleguemos a contar todos los muertos, todos los fusilados, pero lo que nunca podremos medir, lo que nunca sabremos con exactitud son las magnitudes del sufrimiento y del dolor que tuvieron que padecer todas aquellas pobres gentes... Ni su prolongación en el tiempo, ni en la vida de las personas y de sus descendientes”.

Confieso haberme conmovido al encontrar bajo su pluma, más de cuarenta años después, los mismos sentimientos que desde entonces han dictado mi actitud en toda mi vida, y mi trabajo de historiador, y que los falsos historiadores “objetivos” que se envanecen delante de mí de ser los “verdaderos” historiadores me reprochan, a pesar de que yo anuncio el color, mientras que ellos disimulan el suyo con gran cuidado. MLR escribe, en efecto, que:

«Lo que el autor pretende es llevar al lector una visión de aquel paisaje trágico. Mas, desde el principio le advierte de lo incompleta y parcial de su obra. Incompleta, porque obstáculos de toda índole siguen ahí, sin que hayan podido ser removidos, ocultando parte de la realidad histórica. Y parcial, sí, totalmente parcial, porque este autor está de parte de las víctimas. Entre uno que grita "¡Viva la Libertad!" y otro que ordena "¡Fuego!", para que los fusiles del pelotón restallen al unísono con su estruendo de muerte... ¡Imparcialidad? ¡Objetividad? Fusilaron a la Libertad una y otra vez para que España volviese a llevar las cadenas sin que nadie rechistase ni levantara la vista del suelo. No puedo ni quiero ser imparcial.»

Es, evidentemente, la misma actitud de principio la que da el marco general de su estudio de la represión masiva en Asturias a partir de 1937. MLR escribe:

«Ambos modos de actuar, los de la Falange, los de los cuerpos policiales y los del propio ejército franquista, respondían a una misma estrategia militar de eliminación del contrario y pacificación de la retaguardia por el terror (...) lo llamaron guerra civil, guerra fratricida (...) No, la Guerra de España no fue una guerra contra la República o por la República, sino contra la clase obrera, contra el poder emergente de los trabajadores y sus aliados y valedores en todos los sectores de la sociedad».

Y señala a los hombres que dirigían la represión: «El clericalismo de la Iglesia católica española y su secular afán inquisitorial, el capitalismo subesclavista hispano y unos terratenientes y una nobleza semifeudales no estaban dispuestos (...) a que sus infinitos privilegios, sus inmensos intereses sufrieran la merma que los conceptos de equidad y justicia del siglo XX decretaban (...) El ejército español en guerra contra el pueblo español para defender a los poderosos españoles. “Guerra de liberación”, “Cruzada” (...) Querían volver a la España imperial de los Reyes Católicos. Regresamos al hambre, al frío, a los cortes de luz, a las cartillas de racionamiento, al rosario en las escuelas, al “straperlo”, al gasógeno... Dejaron el país convertido en un solar. Cárceles abarrotadas y fusilamientos diarios».

 

 

                                                                           

 

 

Una última observación sobre la pedagogía del autor se impone. El no vacila, para facilitar la comprensión de lo que dice, en hacer comparaciones con acontecimientos conocidos, contemporáneos. Hablando del bombardeo de Guernica, cuyo objetivo era, como se sabe, hacer desmoronarse el frente reventando la retaguardia, el autor menciona los bombardeos de Serbia y Kosovo. Muestra a Franco y a sus generales haciendo sus primeros hechos de armas y ganando sus galones en los combates contra Abd-el Krim, lo que le lleva a mencionar las guerras coloniales y su influencia sobre los militares de la metrópoli que las dirigen, la conquista de las aldeas rifeñas, la violencia y todo lo demás. Al hablar de la Iglesia católica y de su papel en la represión franquista, le lleva a mencionar el fundamentalismo islámico de hoy en día, y concluye:

«El fundamentalismo católico en España ha sido, seguramente, peor y con una persistencia secular».

Eso es, me parece a mí, una prueba de honestidad intelectual y de cohesión del pensamiento personal, una garantía dada al lector de que no se le va a llevar a ninguna parte sin gritarle “cuidado” y como hablando de otra cosa.

 

Para lo demás, es sencillo, hay que abrir esta obra y ponerse con ella. Los testimonios se leen bien, como un libro o, más bien, como una serie de novelas. Nos enseñan mucho sobre el ambiente, la caza de los rojos dirigida por los falangistas, los matarifes de toda clase, los sacerdotes denunciantes e incitadores, la alternativa permanente de la prisión o del “paseo” (y habían querido hacernos creer que el “paseo”, donde os abaten en el curso del camino, era una especialidad anarquista), el terror visto desde los dos extremos, la angustia, el miedo de las familias, el coraje de muchos cara al chantaje sobre los pobres y los pequeños: “¡Dinos dónde está tu marido (o tu padre o tu hermano) porque, si no, te liquidamos a tí!”

Las condiciones de detención son espantosas, pese a que no difieran radicalmente de las que conocen su camaradas de lucha “refugiados” en Francia e internados. Hubo algunos casos en que los verdugos fueron condenados por los mismos tribunales que sus víctimas, pero se descarga el castigo de mucha mejor gana sobre los “soldados” marroquíes que sobre los españoles.

Están las condiciones materiales, particularmente duras. Sin duda, lo peor es el hambre. Casi todos los detenidos que se recuerdan de ello dicen que los guardias confiscaban, desde su llegada, los mezquinos envíos de Intendencia para venderlos luego muy caros. Se muere de tuberculosis en los campos de concentración, pero también sencillamente de hambre. Llueven los golpes, los malos tratos por la mínima cosa, las llamamientos por lista, resumiendo, toda la panoplia de los sádicos guardianes del orden de todos los países.

Antes que el libro de Marcelino Laruelo Roa, he prologado un trabajo de Hervé Mauran sobre un “Grupo de trabajadores extranjeros” de varios centenares de hombres, en su mayoría refugiados españoles, “asilados”, como escribe la administración, en Ardèche. Seamos francos como el autor, las condiciones de internamiento son las mismas para los españoles vencidos, en Francia, tierra de asilo, o en el que ya no es su país más que a través del presidio y el cementerio.

 

Podemos no leer de la misma manera las sentencias de los tribunales. Dos métodos son posibles y yo recomiendo los dos. Bien sea pasar de un golpe varias horas hojeando, no leyendo más que una palabra, una frase, que atrae la vista por un interés particular. O bien, leer página tras página, pero poco a poco, consagrando las semanas necesarias para asimilar lo que se lee, a saber, las largas listas de condenados, lo más frencuente, a muerte, para lo cual se necesita tiempo para comprender a posteriori que fueron condenados a causa de la biografía sumaria que acompaña al enunciado de la sentencia: su papel en Octubre de 1934, en julio del 36, su compromiso con los sindicatos o los partidos, en las milicias después, en resumen, todo lo que es crimen de “sedición” en el dominio de los Blancos eternos de la muy católica España, amiga de los fascistas que proceden de idéntica manera.

Por supuesto, habrá algunas sorpresas. Por ejemplo, un muchacho de 18 años que fue condenado a treinta años de prisión. La sola razón aparente –y sin duda, la única razón-, es que su padre era el chófer de un ministro anarquista. O cuando se tropieza con un joven metalúrgico, detenido con 24 años, que escribirá más tarde: “he vivido diecisiete meses y quince días condenado a pena de muerte, esperando todo el tiempo oír pronunciar mi nombre para ser fusilado”.

Se va uno a familiarizar -la palabra misma es impropia-, con los dos tipos de condena a pena de muerte, una, honorable, consiste en ser fusilado; la otra, ignominiosa, en ser estrangulado a “garrote vil”, la cual los jueces piden respetuosamente que se aplique en aquellos casos que consideran más graves.

Queda ahora la enorme cuestión de quiénes eran los machacados. Mi primera reacción fue la misma que tuve delante de las listas de prisioneros y muertos de la Comuna de París y los trabajos de Jacques Rougerie sobre la represión. Está claro que fue la clase obrera, en sus cuadros, sindicales y políticos, en sus adultos y sus juventudes.

Por supuesto, tenían sus amigos y aliados, y se encuentran bastantes enseñantes, pero también algunos médicos, algunos abogados, estudiantes... Saludemos su coraje: habrían podido vivir del otro lado. Pero el hecho de que sean los obreros, todo el que fuera cuadro obrero, en el sentido más amplio, el obrero que tenía alguna clase de ascendiente sobre sus camaradas, el que fue machacado, habida cuenta de todos los que consiguieron escapar, muestra bien el puro carácter de clase de esta guerra “civil”. Señalemos de pasada un caso único, el de un cura que leía el periódico socialista de Asturias, “Avance”, era “izquierdista”, según sus jueces, como partidario... del presidente Azaña. Su obispo lo defendió tibiamente.

Lo que me ha parecido una novedad, ha sido la amplitud de la represión que en esa fecha cayó sobre los militares profesionales, sobre todo en los suboficiales, juzgados por alta traición o deserción. Podría clasificarseles en las categorías siguientes, aparte de los “Asaltos”, que permanecieron leales y fueron sistemáticamente liquidados por esa razón:

- militares que estaban de permiso en el momento del levantamiento y que se unieron a las milicias, a “los marxistas” como dirán sus jueces.

- Suboficiales, como los del cuartel de Simancas, que participaron en la “salida” mandada por el capitán Castillo y, a continuación, en el cerco y asalto a su cuartel.

- Militares, soldados o suboficiales que se insurreccionaron en el cuartel o rechazaron obedecer, que estaban en el calabozo y fueron libertados a la caída del cuartel.

- Suboficiales hechos prisioneros en el ataque al cuartel, encarcelados y que, poco después, fueron convencidos por los anteriores para alistarse en las milicias, donde eran bienvenidos.

- Militares que desertaron en el frente, cruzando las líneas, y que fueron relativamente numerosos hasta en 1937.

- Militares de otros cuarteles que apoyaron a los que se amotinaron contra los oficiales rebeldes, como ese suboficial del regimiento de Ingenieros de Gijón que sirvió de jefe artificiero para el asalto al Simancas.

Finalmente, me ha chocado encontrar entre los prisioneros y condenados a varios militares, venidos con las tropas de choque del Marruecos español, lo que entonces se llamaban “los moros”. Uno de ellos era un suboficial de nacionalidad española, de filiación anarquista. Vino a España, desde Ceuta, con el 2º Tabor, para participar en el pronunciamiento y, enviado al Norte con su unidad, desertó en la primera ocasión. El otro es un marroquí auténtico, de 26 años, venido desde Ceuta con el 4º Tabor. El tribunal que le juzgó por haberse “pasado al enemigo”, constata que no fue combatiente, pero que trabajó al lado del mando, emite la hipótesis de que era uno de los dirigentes de “la propaganda marxista” entre los marroquíes de Franco. Pero ahora sabemos por la biografía de su fundador, Nadji Sidqi, un poco de esa corriente, de su debilidad y  de los grandes obstáculos a los que se tenía que enfrentar.

He ahí todo lo que yo he creído encontrar en dos lecturas. Amigos lectores, lean este libro, bien sea por el propio placer intelectual, por la necesidad de saber y entender, o para sacar el jugo de los elementos de información contenidos en este trabajo gigantesco, y agradézcanselo conmigo, en nombre de muchos, a Marcelino Laruelo Roa.

 

Pierre Broué

 

Saint Martin d´Hères, a 20 de Septiembre de 1999